Queridos amigos:
Espero que cuando os llegue esta carta os encontréis bien de salud y que hayáis pasado unas bonitas Navidades y Año Nuevo. Y que los Reyes Magos recuerden todo lo que les habéis pedido y os lo traigan, sin dejarse nada en el saco del olvido.
Por aquí estamos bien, pero cansadas por estos cuatro últimos meses del 2007 que han sido de los peorcitos que recordamos la Cabra y yo. La verdad es que desde hace tiempo son malos, pero este año recién pasado, batió records. Y lo hemos acusado. Más que nadie la pobre Cabra, que no está acostumbrada a los malos tiempos y a los inconvenientes de la vida real. Los que no se han enterado de nada han sido el gato y el canario, poco interesados en los problemas que no les atañen directamente. Hasta tuve tentaciones de dejarles un día sin comer a ver si así recapacitaban y se volvían más solidarios. Bueno; fue sólo eso; una tentación sin consecuencias.
Creo que nunca he estado tanto tiempo sin encender el ordenador por voluntad propia. Esta tarde, cuando me he decidido y he descargado el correo, creí que iba a incendiarse por el esfuerzo. Gracias a todos por vuestras cartas y ya procuraré ponerme al día, porque si algo tengo claro es que los cuatrimestres finales del año serán malos, pero no van a poder conmigo ni con la Cabra.
Esta mañana temprano, la calle estaba aún llena de la fiesta de anoche. Hacía mucho frío, pero una jovencita, con un bonito abrigo negro, andaba descalza por la avenida a pasitos cortos, encorvada, los zapatos en una mano, el bolso en la otra. Cuatro chicos, recostados en el lateral de un coche, bebían un último trago y se partían de risa recordando quién sabe qué. Confettis y serpentinas coloreaban las aceras y las palomas creían que eran comestibles y bajaban a picotear, sin mucha suerte. Y dos o tres personas, entre las que me encontraba, iban apresuradas a su trabajo, como todos los días.
Normalidad; eso es lo que necesito ahora. La reconfortante normalidad. Me pongo a ello.
Un abrazo a todos y cada uno.


