Estamos entrando a galope tendido en la estación de la calma. O eso debería ser. Ya nos hemos vuelto a acostumbrar a las rutinas del trabajo, de los estudios, de las tardes en casa viendo llover o escuchando al viento aullar como un condenado entre las ramas de los árboles, mientras sacamos de los armarios la ropa de invierno y los edredones.
A mí me gusta el otoño. Aún no hemos cambiado el horario, así que cuando me levanto es noche cerrada, la calle es puro silencio y hay algo misterioso en la forma en que va levantando el día, despacito, entre la niebla que llega desde el mar.
En los bloques de enfrente las ventanas se van iluminando como con pereza y cuando se apagan las farolas, a las 7 en punto, parece que aumenta el silencio.
Y te dan ganas de volverte a la cama y seguir leyendo el libro que ayer noche quedó en lo más interesante porque se cerraban los ojos de cansancio. No se puede. El trabajo está esperando y hay que salir. Esta mañana llovía bastante; tanto como para ponerse las botas de agua y comprobar si son tan impermeables como decía el vendedor, metiéndose en todos los charcos.
Me lo he pasado genial chapoteando. Espero que no me haya visto ningún vecino o voy a perder la fama de persona seria. La poca que me queda.
Todo eso y leer. Leer mucho, sin distracciones de familiares aterrizando de improviso, sin interrupciones por fiestas de barrios, fuegos artificiales y cánticos de madrugada, cuando la juventud, en vacaciones, pasa por esta calle camino de las playas para acabar allí la fiesta.
Y encontrar lo nuevo en lo visto mil veces. Esa otra cara que tienen las cosas cuando hace tiempo que las miras sin verlas realmente.
Las tardes que estoy en casa, como hoy, en silencio, sin nada urgente que me reclame, sin que nada importante haya quedado por hacer, me reconcilio conmigo misma y, algunas veces, hasta me perdono los errores cometidos.
No sé cuanto durará, pero ahora mismo, estoy en paz.
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