Dejé el teléfono en su soporte, me volví y ahí estaba. Mirándome. Justo en el centro de la salita, que es como decir tapándome todas las salidas. Lo único que podía hacer era esconderme detrás del mueble del televisor pero como es más bien pequeño y bajito, no servía de mucho.
Los gatos no se veían por ninguna parte. Los llamé bajito: "Gatos, gatos, gatos.."
Nada. Estarían durmiendo como ceporros debajo de alguna manta, que no entiendo como pueden llegar a ser tan frioleros los dichosos gatos.
No sabía que hacer. La situación era peligrosa y yo estaba descalza y totalmente desarmada, si exceptuamos el teléfono, pero no iba a poner en peligro toda la agenda de direcciones, que no veas lo que me cuesta volver a ponerlas en la memoria.
No me atrevía ni a respirar, esperando el próximo movimiento del/la intruso/a, porque a la distancia que estaba, unos dos metros, no podía distinguir si era un él o un ella.
Con sumo cuidado, alargué el brazo y levanté el cajón forrado de peluche que usan los gatos para dormir, cuando no están dormidos en ningún otro sitio. Lo dejé en el suelo, a mi lado y luego, extremando las precauciones, me subí encima. ¡Ufffff...! Mi posición había mejorado considerablemente. Ahora ya podía arriesgarme y grité. "¡Gatosssss..!"
Al minuto, más o menos, aparecieron los dos, bostezando y estirando las patas como si fueran a emprender una competición. Yo lo que quería era que sacaran las garras, pero nada. Se sentaron delante de mi, mirándome. Una muda interrogación se reflejaba en sus tres ojos (recordad que uno es tuerto) Sé que pensaban: "Y ahora, ¿qué tripa se le ha roto a ésta?"
Yo les señalaba, desesperadamente, al intruso/a, y les azuzaba un poquitín. "¡Vamos, vamos, dad una carrerita por ahí en medio a ver que hace...!"
Por fin, el tuerto, que es el más grandote, dio un par de pasos marcha atrás, volvió a sentarse y arrastró el rabo por el suelo en un movimiento de vaivén, justo en las narices del intruso/a.
Como no se movió, me arriesgué a bajar del taburete y cogí un zapato. En ese momento, el gato, que seguía mis movimientos con la vista, se dio cuenta de lo que pasaba y alargó una zarpa hacia el enemigo, dándole un buen empujón. Yo dí un grito y me subí al sofá, pero enseguida vi que no hacía falta. La cucaracha estaba muerta. Allí, en medio de la salita, se le había ocurrido venir a morirse, justo mientras yo hablaba por teléfono de espaldas a todas las puertas. Le di un buen zapatazo, por si acaso, y la tiré al inodoro, tirando agua cuatro o cinco veces para mayor seguridad.
Con el miedo y las prisas, se me olvido comprobar si era un él o una ella, aunque tampoco hubiera servido de nada, porque el idioma es limitado y no existen, de momento, los cucarachos. Por lo menos hasta que alguna agrupación machista lo reivindique. Claro que me producirán el mismo terror, se llamen como se llamen.