Se puede estar desconectado de Internet voluntariamente por 72 horas o más, sin sufrir graves consecuencias físicas y, mal que bien, puede controlarse el síndrome de abstinencia. Más mal que bien, pero se soporta :)
Sí, lo he hecho. No creí que pudiera, porque cuando se me avería la conexión o se llevan el ordenador o pasa algo que me impide salir a la red, me pongo atacada de las meninges, se me llevan los demonios y no tengo bastante vocabulario grueso que aplicar a los culpables. Sin embargo me doy cuenta de que esa no es una actitud racional. Al fin y al cabo, se estropean otras cosas por la casa y no me dan esos ataques de furia. Decidí que ya era hora de poner a prueba mi autocontrol y he dejado descansar a Internet tres días enteros, con sus respectivas noches y sigo viva y relativamente tranquila.
A la cabra sí que he tenido que doblarle la dosis de medicación, porque empezó a comerse las fundas del sofá y eso solo lo hace cuando está muy alterada. Normalmente solo se muerde las pezuñas si está nerviosa, pero si la emprende con las fundas del sofá, me alarmo, la verdad.
¿Y que he hecho en todo ese tiempo que no he estado en la red? Básicamente, nada. Es decir, nada que me haya cambiado la vida. He acabado de leer unos cuantos libros, he trabajado un poco con el catalán y el inglés, he trasplantado unas cuantas macetas y he intentado, sin lograrlo del todo, poner un poco de orden en el disco duro. En los varios discos duros para ser exacta.
Ahora tengo unos cuantos cientos de carpetas más, todas ordenadas por temas y los temas por orden alfábetico. No me cabe duda de que en cuanto esté todo perfectamente organizado, se romperán los discos duros y se volverá a perder todo el trabajo.
Ya sábeis; la vida son recuerdos y mientras organizaba temas y carpetas me he estado acordando de mi mayor pasión cuando era niña. Bueno, en realidad eran dos mis pasiones; un niño guapísimo llamado Fernando, que no me hacía ni caso, y pasarme por la mercería de la esquina a pedir cajitas vacías para ordenar los miles de accesorios de mis muñecas. La dueña de la mercería era amiga de mi abuela y me guardaba unas cajas preciosas y también me regalaba botones de los muestrarios y trocitos de cintas de colores para lazos y frasquitos de colonia y cosas así. Y entonces yo ordenaba esas cosas por colores o tamaños, según el caso, dentro de las cajas pequeñas y las cajas pequeñas dentro de otras cajas más grandes que guardaba en el armario y organizaba una auténtica feria de cajas cuando decidía que quería contemplar mis existencias de material o necesitaba alguna cosa para reformar algún atavío de las muñecas, con gran desesperación de mi abuela o de mi madre que no entendían porqué no podía meter todo aquello en una sola caja. Pero a mí me parecía un sacrilegio meter en un mismo sitio los botones relucientes y los opacos. O las cintas de terciopelo con las de seda.
La manía de las cajas aún no se me ha quitado y sigo siendo tan ordenada que da asco. Aunque ya no guardo cosas para las muñecas, ordeno los hilos de bordar por su número de tintada en cajas que guardo en otras cajas que tienen bandejas del tamaño de las madejas. O sea; soy un caso perdido. Y ahora no se os ocurra pedirme que vaya a vuestra casa a poner orden, a menos que tengáis preparadas unos cientos de cajas y cajones. En ese caso, creo que no podré resistirme e iré en el primer tren.

